sábado, 20 de abril de 2013
Marta III
Marta II
Marta I
viernes, 12 de noviembre de 2010
Tio Tito

Era abril siempre abril. Cada año entre mis seis y nueve años…
Miraba el cielo y las copas de los árboles con atención. En el cuarenta y en mi barrio, Pompeya, todas las casitas eran bajas y humildes. Los árboles decoraban los laterales
de las calles adoquinadas. Yo miraba las hojas por si venía el viento y lo esperaba a él, sabía que vendría como siempre y con él, mi alegría. Ese día llegaba fatalmente. Esa mañana golpearon la puerta verde de mi casa, mi madre corrió a abrir y yo detrás de ella. Cuando la puerta se abrió allí estaba él, el tío Tito. Morocho de cara arrugada y curtida, ojos inyectados en sangre, típicos de los alcohólicos, regalándonos una amplia sonrisa dibujada por sus dientes amarillentos de tanto tabaco, pero lo importante y esperado por mí era lo que traía en su mano derecha, como un delicado escudo, un barrilete, mitad bomba y mitad estrella, arriba blanco y abajo rojo, de largos flecos, los dos triángulos de los tiros, larga cola de género negro y un grueso y prometedor ovillo de hilo encerado. Todos sonreíamos plenos de felicidad.
Sin demora el tío Tito me llevaba presuroso al terraplén, donde ya no circulaba ningún tren y que estaba a pocas cuadras de mi casa. Una vez allí el tío estudiaba la dirección del viento, colocaba al barrilete paralelo al mismo y empezaba a remontarlo y a aflojarle el hilo. Yo miraba deslumbrado el espectáculo. Cuando estaba bien alto y flotaba sereno, el tío Tito venía hacia mí, me entregaba el hilo, ceremoniosamente, y me decía que tuviera cuidado, que tirara rítmicamente para que subiera mas y mas. Su sonrisa de placer dulcificaba la rudeza de su rostro curtido de albañil, apoyaba su mano callosa en mi hombro derecho y me palmeaba satisfecho. Pasábamos felices un par de horas y luego íbamos a tomar algo fresco en casa. Es el mejor recuerdo que tengo de mi lejana infancia y nunca sabré, si era el tío Tito o era yo, el que esperaba mas impaciente la llegada del mes de abril…
Ahora

Como un sueño lo perseguí hasta mi muerte, si es que estoy vivo. Yo no era yo, sólo me parecía. Estaría en el nirvana, tan deseado. Ahora todo se hizo fluido, no había ya una espada. En mi vida, solo espuma y rosas. Mis pies iban por caminos que se cruzaban. Me sentía satisfecho de perder las líneas rectas. Me dije, es el tiempo de probar nuevos espacios…
miércoles, 13 de octubre de 2010
Anita

Anita hace unos meses cumplió noventa y ocho años, lo festejó en el geriátrico que curiosamente se llama “El final”. Desde hace muchos meses se encuentra enferma en cama, enferma es un modo de decir, ya que padece las deficiencias físicas acordes a su edad. Parece que se encontrara muy feliz, seguramente porque vive alegremente empastillada. Y en ese estado se divierte puteando a las enfermeras y a sus familiares, especialmente, cuando de tanto en tanto, se acuerdan de ella y vienen a visitarla. Sin embargo, cada tanto sale de su estado letárgico a la que la someten las drogas, mostrándose inteligente y muy lucida, habla largamente de su indiferencia hacia la muerte a la que espera con ansias como la puerta que la llevará a una libertad definitiva. Cuando la medican nuevamente comienza a alucinar y a sentirse joven, corriendo, saltando y riendo sin parar.
Anoche, en ese estado, finalmente murió, seguramente por una sobredosis. Estaba tratando de hacer la vertical. Una dulce sonrisa se dibujaba en su boca cuando la observé tendida en el suelo.
Algo especial

Una fiesta insólita y brillante…Totalmente inesperada.
Ella estaba hermosa, era realmente diferente para mis ojos exigentes, levemente alterados por el consumo delicioso del excelente champagne. Cuando la vi pensé que la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros sería mi compañera, la que estaba esperando. Rió sonoramente como campanas celestiales cuando le dije que Cupido era un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose si no que siempre estaría firme como mi intempestivo amor. Ella se apretujó a mi cuerpo emanando un calor pleno de primitivo deseo. Nos besamos y acariciándonos nos dirigimos a un hermoso hotel frente al mar. En un juvenil e impaciente vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa. El tercer día sentí como en la noche un poco casual que se encontraron casados y mirándose con sorpresa como diría en un cuento Abelardo Castillo. Pasaron las horas, yo la veía no tan hermosa como al principio, como si la magia hubiera desaparecido y me quedaron flotando con dolor sus palabras, algo que ella había dicho con tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones: -todo estuvo fantástico pero se terminó…-y se despidió sonriendo dulcemente…